Uruguay: Fútbol, Mística e Identidad (January 1, 2014)

by Adriana Marrero, University of the Republic, Montevideo, Uruguay

Nos guste o no a los uruguayos, si por algo es conocido este pequeño país sudamericano, es por el fútbol.

Anfitrión y campeón de la 1ª. Copa Mundial de Fútbol en 1930, Campeón de la Copa Mundial en 1950, y semifinalista en 1954, 1970 y 2010, Uruguay, con sus 3,3 millones de habitantes, ocupa, hoy, en el mundo del fútbol, un lugar que no es comparable con su tamaño. Jugadores como Luis Suárez, -hoy en el Liverpool y Máximo Goleador 2012-2013 de este equipo, elegido por la CONMEBOL como el mejor jugador de la Copa América del 2011, -entre personalidades como Messi, Neymar, y Falcao-, Botín de Oro en la Premier League (2013)-, Diego Forlán –hoy en el Inter de Brasil, Balón de Oro y Mejor Jugador de la Copa Mundial de la FIFA (2012), Botín de Oro de la UEFA (2008-2009) y goleador de Europa en el 2004-2005-, o el notable y muy cotizado Edinson Cavani, hoy en el París Saint Germain, dan cuenta de esto. Uruguay comparte con Argentina, después de Brasil, Italia y Alemania, el 4º lugar en número de Copas Mundiales ganadas. Comparando la potencia de estos países, Uruguay es un caso extraño.

El fútbol en la construcción de la identidad nacional

La República Oriental del Uruguay nació, en 1828, como resultado del éxito de la diplomacia británica en asegurar la libertad de navegación del Río de la Plata, contrariando las pretensiones Argentinas y Brasileras sobre esos territorios. Como un nuevo “estado tapón” entre dos grandes naciones, y sin vocación de serlo, la naciente república se vio obligada a generar una identidad, propia y distintiva.

Liderada por el estado y legitimado por la historiografía, la construcción de la idea de lo que es ser ”uruguayo” se forma al impulso de la modernización del país, entre finales del siglo XIX, y las primeras décadas del XX. En el período, se pacifica y unifica el país, se impulsa la producción y la educación, y se crea un nuevo vínculo entre estado y sociedad, por el cual aquel se convierte en proveedor y en garante del bienestar social: se fomenta la formación de sindicatos, y se toman medidas laborales de avanzada, que constituyeron factores de atracción y rápida integración de inmigrantes que encontraban inmejorables condiciones de trabajo para la época. En lo cultural, el estado se separa de la Iglesia Católica, con lo que se instaura una matriz secular que, junto con una educación pública gratuita y obligatoria, contribuye a la formación de una ciudadanía de orígenes diversos, pero integrada y activa. La impugnación de la religión como factor de integración y su retiro del escenario público al privado, genera las condiciones para la aparición de otro universo simbólico unificador. Junto con el estado providencialista y omnipresente, el bienestar económico abre un tiempo de ocio secularizado, durante el cual, el escenario deportivo, se convierte en un espacio público identitario. Los clubes, con impronta de clase o de barrio, rivalizando entre sí, fortalecen las identidades locales y animan el regreso al rutinario lunes por la mañana; la selección nacional, y sus notorios triunfos, crean el único verdadero sentimiento de unidad, cobijado bajo el dosel de la esperanza de la gloria mundial para un país diminuto.

Veamos algunos de los hitos de este curioso periplo.

Fueron los obreros ingleses del ferrocarril quienes, en 1891, fundaron el primer club de fútbol, con los colores amarillo y negro, característicos de las señales ferroviarias. A partir de allí, la expansión del fútbol fue de la mano del crecimiento económico de la primera mitad del siglo XX, cuando Uruguay se convierte en Campeón Olímpico de Fútbol en 1924 y en 1928. Con esos antecedentes, organiza el 1º Campeonato Mundial de Fútbol de 1930. Mientras gran parte del mundo sufría los efectos de la crisis de 1929, la pequeña nación del Plata invertía una fortuna en la construcción, en un tiempo récord de 8 meses, del Estadio Centenario.

A 100 años de su primera Constitución, el 18 de Julio de 1930, la población celebra, junto con su centenario, la obtención de la 1ª Copa Mundial de Fútbol. En adelante, a los ojos uruguayos, la suerte de la selección de fútbol, de la nación y del estado quedará indisolublemente unida, conformando una poderosa conjunción simbólica que gravitaría para siempre en las representaciones colectivas sobre un destino común, junto con la secreta certeza de la posesión de un destino singular. Lo pequeño, no sólo era hermoso; también podía ser Campeón Mundial de Fútbol.

Tras los polémicos juegos de 1934 y 1938 y del paréntesis bélico de la II Guerra Mundial, Brasil organizó la Copa Mundial de 1950. Visto desde la perspectiva actual, el memorable triunfo uruguayo en la final contra Brasil en el estadio de Maracaná, que conmovió hasta el estupor al inmenso país del norte, sólo parcialmente podía ser visto como una sorpresa. En el contexto de la postguerra y de sus efectos en el deporte europeo, Uruguay era el país con el mayor PBI per cápita de América Latina, cultivaba al fútbol como si fuera su único deporte verdaderamente nacional, y esos esfuerzos habían mantenido al país invicto en los campeonatos de la FIFA, ubicándolo en un lugar de privilegio en el escenario mundial. Sin embargo, la desmesura entre el enorme peso de Brasil y del pequeño país del Plata, con sólo 2 millones de habitantes, convirtió al triunfo en una gesta heroica, de ribetes míticos. La interpretación mística de ese triunfo, no impactó sólo en la identidad uruguaya: La selección brasileña abandonó su camiseta de entonces, de color blanca, para siempre.
No es posible sobreestimar el impacto que el ”Maracanazo” ha tenido desde entonces. Para el Uruguay del 50 todo parecía posible, y todas las metáforas eran insuficientes para un país que parecía estar destinado a contrariar con sus logros, la estrechez de sus fronteras. Igual que veinte años antes, el triunfo parecía confirmar uno de los mitos más poderosos de la nación “oriental”: la inconmensurabilidad entre los medios y los logros; la desproporción entre la pequeñez del origen y la grandeza del destino. La interpretación ”heroica” y si se quiere ”mágica” de la victoria, es la que convierte a Maracaná, en el hito que es, todavía, hoy.

El éxito deportivo, en particular futbolístico, tuvo desde entonces dificultades para presentarse como resultado de estrategias racionalizadas de profesionalización y desempeño. El 4º puesto uruguayo en la Copa Mundial de México, en 1970, fue, por ello, vivido como un duelo, y al mismo tiempo, como la innegable constatación de la enorme brecha que se había abierto entre la rigurosa formación física, deportiva y táctica de los jugadores profesionales en el mundo desarrollado, y la insuficiencia de la mítica camiseta celeste y de la “garra charrúa”, para que unas individualidades sin duda talentosas, pudieran realizar, otra vez, el milagro de la victoria. Uruguay no volvería a conquistar un 4º lugar en la Copa del Mundo, sino hasta 2010, en Sudáfrica, de la mano del maestro Oscar Tabárez.

Pero esto, es otra historia

A diferencia de 1970, los uruguayos sí festejaron el 4º lugar del podio, detrás de España, Holanda y Alemania. Entre estas poderosas selecciones, el resultado puede parecer, una vez más, milagroso.

Analizado a la luz de las condiciones que lo posibilitaron ese cuarto puesto no es tan casual. Uruguay, vive, una vez más, al compás de su bienestar económico. Otra vez, como en el 50, ha logrado posicionarse como el país con mayor PBI per cápita de América Latina. La Selección Nacional ya no es la del 70. No sólo hay jugadores brillantes, sino que además formados en la matriz profesionalista del fútbol europeo. También es profesionalista y serio el trabajo de Director Técnico de la Selección, Oscar Tabárez, titulado de Maestro, en la construcción, no sólo de un equipo coordinado y eficaz, sino también de un grupo humano unido, con un objetivo en común. En palabras de Tabárez: “Como entrenador, (…) el objetivo, es profesionalidad. (…) El camino (…) para eso es la formación grupal, (…) y procurar que también que los dirigidos tengan esa profesionalidad que yo pretendo que sea un rasgo distintivo. (…) A la hora de encarar un proyecto, primero que nada, hay que evaluar la realidad.(…) Esta es la tarea de un estratega, en cualquier actividad, no solamente en el fútbol”. El espíritu sigue animando a la máquina: Tabárez logra sus resultados “trabajando el sentido de pertenencia” porque “acá desde juveniles se trabaja para que se sientan orgullosos de vestir esta camiseta”.

La Copa de 2014 en Brasil, espera a un Uruguay que ha debido jugar el repechaje contra Jordania para lograr un lugar en el campeonato, y que deberá enfrentarse, en la primera fase, con Inglaterra e Italia. El resultado que podrá obtener la Selección uruguaya con este fútbol profesionalizado de hoy es, para todos, incierto. Sin embargo, desde la interpretación carismática del éxito futbolístico del imaginario uruguayo, cualquier resultado terminará integrando la densa mitología de la identidad nacional. Porque más allá de cualquier análisis, el fútbol seguirá gravitando como el lugar de lo inesperado, de lo sorpresivo, lo milagroso y mágico, de lo glorioso, de lo único. Aunque seamos tres millones. O tal vez, justamente, por ello.

Global Express, Uruguay

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